Número 22. Julio 2019


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Rocío Molina bailó y bailó


Cajasol cerró con brillantez el ciclo Jueves Flamencos con Impulso de Rocío Molina, “una improvisación”, “una performance”, “un work-in-progress”, según rezaba en el programa, es decir, “un ensayo en público”, diríamos nosotros.
La malagueña se presentó con un sencillo vestido negro, desnuda de cualquier ropaje argumental,  dispuesta simplemente a bailar y vaya si bailó. Salvo el tiempo preciso para ponerse una bata de cola, no abandonó ni un instante el escenario. Escuchó el cante. Escuchó la guitarra y bailó, bailó y bailó.
Primero fueron las guitarras de Eduardo Trassierra y Yerai Cortés por malagueñas y un solo de brazos y manos de Rocio. Ellas fueron dibujando en el aire los acordes que salían de las sonantas. Unos movimientos a veces lentos, delicados, otras vertiginosos, atrevidos. Nada que ver con el braceo sevillano. Un braceo personal con ecos de contemporáneo. Para mí fue lo mejor de la noche. 


Luego, llegó el cante por pregones de José Ángel Carmona y el quejío rajado de Israel Fernández y ella dio una lección de pies. Después, se puso unos chinchines y evocó por taranto a Fernanda Romero. 


Sacó un palo, sonaron las palmas de Oruco y escribió un dialogo a base de golpes de bastón y de pies. 


Se puso sensual y movió las caderas por guajiras. Se sentó y zapateó. Inevitablemente nos vino a la memoria la imagen de Mario Maya. 


Se despidió con una soleá con bata de cola, clásica a más y no poder, cambré incluido. 


Desde luego, Impulso no fue, según Rocío, “un espectáculo”, pero, si atendemos a la conjunción de baile, cante, guitarras y luces, nadie lo habría dicho.

                                                                                                                                                José Luis Navarro

                                                                                                                                        Fotos: Remedios Malvárez

El cante no corre peligro


María Terremoto y Samuel Serrano lo dejaron muy claro en “Juventud emergente”, dentro del Ciclo de Primavera de los Jueves Flamencos de Cajasol.

Samuel Serrano (Chipiona, 1994) hace un cante descarnado, exento de cualquier tipo de adorno o sutileza, un cante que transmite unos sentimientos que lastiman. Tiene una voz que suena antigua, con ecos de los Agujetas y de Juan Talega. Comenzó por alegrías, para seguir por soleá, bulerías y rematar por seguiriya. Lo acompañaron la guitarra de Diego Amaya y las palmas de Tate y Cepa Núñez.




Compartía cartel con él María Terremoto (María Fernández Benítez, Jerez, 1999). Yo no sé dónde va a llegar esta chiquilla como siga “emergiendo”. Parece propiamente que haya nacido en un escenario. Con solo 19 años ya tiene el empaque y la prestancia de una profesional de toda la vida.




Hija y nieta de los Terremoto de Jerez, lleva el cante en los genes. Tiene además una voz privilegiada con la que hace literalmente lo que le da la gana, con o sin micrófono. Larga en cantes y con pellizco en el baile, ofreció uno de esos recitales que enganchan al más ajeno al flamenco. Hizo soleá por bulería, tientos-tangos, bulerías y un par de fandangos y justificó con creces el Giraldillo “Revelación” que recibió en la Bienal de 2016.




Vino acompañada de su “equipo”, Nono Jero a la guitarra y Manuel Cantarote y Manuel Valencia a las palmas.

Cerraron el recital Samuel y ella como Dios manda, dijo María, con unas tonás y, como es hoy imperativo, con una pataíta por fiesta que se dio Manuel Cantaroto.

                                                                                                                                José Luis Navarro
                                                                                                                         Fotos: Remedios Malvárez 

La Moneta, genio y personalidad


Pocas veces un título define tan bien el contenido de un espectáculo como “Hasta el tuétano”, del que presentó Fuensanta la Moneta en los Jueves Flamencos de Cajasol, porque efectivamente la bailaora granadina se entregó al baile con toda su alma, sin reservas, lo dio todo, absolutamente todo, “hasta el tuétano”.
La Moneta es una bailaora visceral. Su baile es el reflejo de Granada, apasionado e irreflenable, brusco si se le compara con el de Sevilla. Sin embargo, su baile es mucho más que eso, porque ella sabe unir el genio con la riqueza de formas y mudanzas, configurando así un baile de una gran personalidad, distinto al de otras bailaoras de su tierra, completamente suyo. Y eso, hoy que la mayoría de las bailaoras se ciñen a un patrón preconcebido a base de pies y más pies, es muy de agradecer.
En “Hasta el tuétano” Fuensanta no se anduvo por las ramas, no intentó contarnos ninguna historieta filosófica. Se limitó a bailar. Empezó por jaleos extremeños que fundió con la soleá por bulerías. Después se liberó de parte del ropaje que la envolvía y desnudó también su corazón por soleá. Cerró el recital por tangos, acordándose del Sacromonte.
Miren qué estampas nos regaló:

 




La acompañaron el cante de Mercedes Cortés, la joven guitarra de Álvaro Martinete y las palmas de José Cortés “El Indio”.
Solo un pero podemos poner al recital: las luces. No se puede juguetear con ellas de esa manera. ¿Cuándo contratará Cajasol a alguien que entienda de verdad de estas cosas?

                                                                                                                   José Luis Navarro
                                                                                                              Fotos: Mercedes Malvárez
 

Un concierto de excepción


El Maestranza cerró por todo lo alto su Ciclo de Flamenco 2018-2019 con Esencias de Dorantes y Marina Heredia, un espectáculo que llevábamos ya tres años esperando que recalara en Sevilla. Fue un encuentro y un diálogo entre dos artistas con similares cunas y herencias flamencas. Un nieto de La Perrata y la nieta de La Rochina, el sobrino de Juan Peña el Lebrijano y la hija de El Parrón. Lebrija y el Albaicín granadino en un mismo escenario. Genes flamencos con vocación universal. Un piano sin fronteras y una voz que acaricia y lastima.


Comenzaron con “Al calor de la manta”, una nana de Manuel Molina, y siguieron por alegrías. Dorantes dio libre cauce a su imaginación con la batería de Javi Ruibal y Marina nos estremeció con una seguiriya escalofriante, “Comparito mío Cuco”, y unas granaínas de Chacón y Vallejo. Subieron la temperatura con un tema que a los dos “les toca por dentro”, “Mi condena”, las galeras que Juan Peña el Lebrijano registró en Persecución. Una primera parte con flamenco al 100 x 100 en la garganta de Marina y ecos de música sinfónica y de jazz en el piano de David.

Después subió al escenario la banda de la Hermandad de los Gitanos dirigida por Pedro Pacheco para acompañar, con los coros y palmas de Ana Rivera y Fita Heredia, a David y a Marina en la interpretación de esa joya compartida del patrimonio musical andaluz que es “Orobroy” —resulta increíble que Dorantes la compusiese con solo 14 años— y, a continuación, los tangos de “Errante”, otra composición emblemática del álbum Sin muros. Cerró el concierto la banda de la Hermandad con una marcha con aroma de Semana Santa. El público aplaudió a rabiar y no se conformó con un solo bis.

Dorante confirmó una vez más lo que hace unos años escribí sobre su música (El eco de la memoria, 19.02.2013):
Dorantes está haciendo con el piano flamenco, a pasos de gigante, lo mismo que ha hecho Paco de Lucía con la guitarra. Los dos componen músicas que sin dejar de ser flamencas reflejan las corrientes musicales del mundo contemporáneo y enriquecen el patrimonio de la música universal.
En este sentido, “Orobroy” bien se puede decir que es en su obra lo que “Entre dos aguas” en la de Paco.

Esencias ha sido un concierto que nos ha conmovido y nos ha dado esos escalofríos que suben de las entrañas hasta los vellos erizados. Hacía tiempo que no sentíamos una emoción tan intensa y tan flamenca.


Y para terminar estas líneas no nos resistimos a la tentación de contaros a título de primicia lo que será muy pronto una realidad gracias al empeño de Cristina Heeren, esa mecenas norteamericana del flamenco: la publicación en disco de La roda del viento, el extraordinario concierto que puso el broche de oro a la XX Bienal.

                                                                                                          José Luis Navarro
                                                                                                   Fotos: cortesía Maestranza

En er mundo 4 de José Manuel Gamboa


José Manuel Gamboa. 2019. ¡EN ER MUNDO! DE CÓMO NUEVA YORK LE MANGÓ A PARÍS LA IDEA MODERNA DE FLAMENCO 4. Sevilla: Athenaica.


 

Todos los que conocemos a Gamboa sabíamos que a Er Mundo le faltaba un tomo, porque no era concebible que dejase medio en blanco el tema que precisamente domina más: la guitarra. Y, por fin, ha visto la luz “La gran guitarra de la gran manzana” y todos los que disfrutamos leyendo la historia de nuestro Flamenco estamos de enhorabuena. Son 551 páginas más un epílogo, “¡Ay!, despedida y cierre” de 5 páginas, de Pedro G. Romero.

Página a página nos sumerge de nuevo en un océano de datos e informaciones de cuanto ocurrió en el nuevo mundo del norte en los territorios de las seis cuerdas. Nos da pelos y señales de los que serán los principales protagonistas de esta 4ª historia: Sabicas, Mario Escudero, Paco de Lucía, Manitas de Plata, Manolo Sanlúcar, Serranito, Juan Serrano  y Juan Habichuela.

Se asoman también por estas aguas Carmen Amaya, Enrique Morente,  Mariquilla, La Chunga, Mario Maya, Antonio Gades, Manuela Vargas, Dolores Vargas la Terremoto, etc., etc., hasta la mismísima Marisol.
Como era de esperar dedica páginas y páginas a la Feria Mundial de Nueva York de 1964. Y, ¡pásmense! Nos cuenta hasta las danzas y andanzas de las cuerdas de nailon y de los guitarreros de mayor éxito y fortuna, amén de muchos nombres de auténticos desconocidos como Paco Juanes, Paco Ortiz, Adonis Puertes, Simón Serrano, Ana María de Munar, Alfonso Cid, Emilio Prados o Los Chavales de España, por citar unas muestras. Sin que falte noticia de los aborígenes que quisieron ser flamencos de profesión, representados por la neojerezana Estela Zatania, o de lo que llama “noctívago ambiente flamenco metropolitano”.

En cuanto a estilo y estructura, esta entrega, otro filón de erudición,  sigue los pasos de sus hermanos y hermanas anteriores: un estilo informal y ameno con ese gracejo que caracteriza a su autor y ese desarrollo temático  que brota solo e incontinente cada vez que un nombre llama a otro y este a otro más.
El libro, como los volúmenes anteriores, termina con una relación de hechos, ordenados cronológicamente, que detallan lo más relevante ocurrido de 1959 a 2014.
Estoy seguro que los que se resisten a abandonar el papel —esos que leen con un lápiz en la mano para ir subrayando lo que les llama la atención— echarán en falta un índice temático que les ayude a encontrar rápidamente algún dato que les interese. Yo, por esa y otras razones, hace tiempo que me pasé al PDF, que, además de darme esa información con solo pulsar “control”+f (f de “find” =encontrar en inglés), me permite poner las letras al tamaño que mejor le viene a mis cansados ojos.

Lo dicho, cómprelo y disfruten.

 

                                                                                                                                                                  José Luis Navarro

El sello de los Galvanes


Ayer asistimos a otro estreno en la programación de Cajasol: Máquina de Bulerías de Pastora Galván. Fue un auténtico tour de forcé. Pastora se raspó una hora bailando sin parar y sin cambiarse de indumentaria, un traje de calle ocre, eso sí, con vistosos lunares blancos. Bueno, si hemos de ser precisos, descansó sin salir de escena apenas un minuto o dos mientras José Valencia se lucía con el cante. Hizo de todo. Empezó con un precioso braceo al más puro estilo sevillano y después hizo un recorrido completo por todo el vocabulario dancístico del Flamenco, latiguillos, lazos, bordoneos, carretillas, destaques, marcajes, incluido ese remate con la mano en el pelo en forma de cresta de gallina que se inventó hace años su hermano Israel. Todo ajustándose al compás mixto de la bulería —el programa decía bulerías, verdiales, zambra, caña, seguiriyas, tangos, farruca, alegrías y de nuevo bulerías, pero me da la impresión de que eso no era más que otra original salida de los Galvanes—. Parecía como si estuviese haciendo unas oposiciones a una cátedra de danza. Mírenla:










Sentados alrededor de una mesa la acompañaron José Valencia, que dio otro completo y espectacular recital de cante y ni siquiera descansó un minuto. A su lado Bobote haciendo gala de su dominio del compás e Israel Galván, más serio que un juez, en plan director de escena y unas veces acompañando con palmas y otras en un improvisado cajón sobre el que estaba sentado. Ese era todo el elenco. Ni guitarra, ni piano, ni bandoneón.




Al final, hubo ese obligado fin de fiesta en el que pudimos ver a Israel en una pataíta surrealista y a Bobote en otra una mucho más tradicional.

Un espectáculo muy fuera de lo corriente y, tal vez por eso mismo, la mar de entretenido.

                                                                                                                   José Luis Navarro
                                                                                                          Fotografía: Remedios Malvárez