Bacterias ubicuas y contagiosas


Andrés Marín es uno de esos artistas que si no existiesen habría que inventarlos. Gracias a ellos el baile flamenco se mantiene vivo y pujante. Son auténticas puntas de lanza que con su imaginación e inventiva abren nuevos caminos para la danza. Ayer presentó en Cajasol un nuevo proyecto. Lo tituló Bacterias, porque “como las bacterias, generamos nuestro propio disturbio artístico y a la vez encarnamos su respuesta orgánica”. Así lo expresó en el programa del espectáculo y así lo vivió él sobre el escenario. 

Bacterias fue un ejercicio de libertad creativa. Marín bailó lo que en cada momento le pedía su mente y su corazón. Eso sí, ajustándose al más estricto compás. Recorrió, mudanza a mudanza, todo su vocabulario dancístico en el que surgían aquí y allí nuevas figuras y movimientos. Creación en el acto. Había detalles, atisbos asociados a bailes determinados (soleares, seguiriya, tientos, cantiñas, farruca, bulerías...) que él desarrollaba y enriquecía con continuas innovaciones coreográficas. Y no se conformó con el baile, también cogió el micrófono y cantó y bailó una taranta a palo seco. Y no lo hizo nada mal. 

Así lo contó la cámara de Remedios Malvárez:









Como bacteria, como microorganismo ubicuo, no solo recicló la danza, también contagió al cante y a la guitarra. Hubo momentos en los que Salvador Gutiérrez descompuso su toque y le sacó nuevos sonidos a su sonanta. Y lo mismo hizo José Valencia con el cante, especialmente cuando le acompañó Raúl Cantizano con su guitarra eléctrica o su sintetizador. Todos dieron rienda suelta a la experimentación musical y dancística. Crearon un ambiente orgánico que resultó altamente contagioso. Transformó a la María Magdalena de los Evangelios en hermanita del amor y al Mairena de Mundo y formas en un revolucionario del cante. Ni siquiera se libró la imprenta que hizo el programa del espectáculo, que trastocó letras y mudó “Andrés Marín” en “Andrés Moreno” y “Cantizano” en “Cantisano” y “Salvador” en “Salvadore”. No pudo sin embargo con José Valencia.

                                                                                                                                José Luis Navarro

Una voz de hoy con un eco de ayer


Kiki Morente (Granada, 1989) tiene el sello de su padre. Un sello difícil de asumir y de llevar, porque no basta con imitar un timbre de voz, como han hecho infinidad de cantaores con la de Camarón. Morente nos dejó un estilo, una forma muy suya de crear en el cante. Respetando el pasado, pero actualizándolo a su manera, dándole la impronta de su sensibilidad musical. Así es como canta Kiki. 




Abrió el concierto, junto a Pedro Gabarre “Popo” e Irene Rueda, con unos versos del Poema de la seguiriya gitana de Federico García Lorca, La tarde que mataron al Espartero de José Bergamín y Si mi voz muriera en tierra de Rafael Alberti. Un recuerdo y un tributo a su padre y maestro. Luego, ya con la guitarra de David Carmona a su lado, siguió reinterpretando algunos de los temas de su disco Albayzín —con ese título se anunciaba el recital—, el polo, la taranta, la soleá, tangos, granaína y bulerías, intercalando recuerdos a otros cantaores, como “Yo no soy de esta tierra”, la seguiriya que hacía Camarón. Lo cerró, en el obligado bis, con un tema de Pablo de Málaga (2009), “Adiós Málaga”, de Enrique. Desde luego, poco que ver con el programa impreso que se disponía a la entrada del teatro. 

Con Kiki tuvieron también su momento de lucimiento propio el cajón de Popo, los pies de Irene Rueda por tarantos y la guitarra de David Carmona por tientos.

Fue un espléndido recital en el que pudimos disfrutar de los ecos de un clásico en una voz de hoy. Se cerró así un ciclo de Flamenco viene del Sur, que básicamente ha estado dedicado a jóvenes promesas y nuevas generaciones de maestros del Flamenco, Manuel de la Tomasa, José del Tomate, Israel Fernández, Gema Moneo y ahora Kiki Morente.

                                                                                                                             José Luis Navarro

Bailar, bailar, bailar



“Baile de autor” es un sueño y una divertida ocurrencia. Una pura excusa para bailar, bailar y bailar. Una “fantasía dancística” la llama Manuel Liñán. Comienza dormido y dormido termina. Durante unos 80 minutos él lo dispone todo. Sube y baja los focos. Pone y quita bambalinas. Sitúa y cambia de lugar las tres sillas blancas que componen lo principal del atrezzo escénico. Le coloca al cantaor los brazos y los pies como él quiere que los tenga... 
 

Por su parte, David Carpio y Manuel Valencia, cantaor y guitarrista, hacen todo lo que él ha dispuesto que hagan. Ponen y cambian de lugar las tres sillas y las seis lucecitas portátiles que adornan el escenario. David se luce además por malagueñas, en la mariana y por tonás. Y lo mismo hace Valencia por seguiriyas.


Y Liñán dispone y baila. Señala y baila. Ordena y baila. Baila y baila y baila. Baila por tangos. Baila por marianas. Zapatea. Baila por soleá. Baila por bulerías. Y ¡cómo baila! ¡Hasta subido y pasando de una silla a otra por seguiriyas! Se pone una bata de cola blanca y baila por cantiñas. Saca un mantón y lo mueve y juega con él. Ya quisieran más de una bailaora manejar la bata y el mantón como él lo hace. 


Y como colofón zapatea y chapotea sobre un charco de agua como lo hacía Gene Kelly en “Bailando bajo la lluvia”, perdón “Cantando bajo la lluvia”.


“Baile de autor”, estrenado en 2018 en el Festival de Jerez, es un espectáculo de los que pocos entran en media docena. ¡Enhorabuena, Manolillo!

                                                                                                                      José Luis Navarro

Pellizco y Personalidad


Gema Moneo (Jerez, 1991) tiene ese pellizco que emociona y conecta de inmediato con el público. Tiene hechuras y, sobre todo, tiene personalidad. Derrocha garra y temperamento. Se come el escenario y transmite lo que siente. Hace el baile de hoy con los sentimientos de ayer y de siempre. Por eso, mete los pies en cuanto puede. Y lo hace con limpieza, precisión y desgarro. 




Anoche presentó en el ciclo Flamenco viene de Sur “El sonido de mis días”, estrenado el año pasado en el XXII Festival de Jerez y por el que fue distinguida como Artista Revelación. Un espectáculo, dirigido por Mercedes de Córdoba, en el que, superada esa algarabía inicial con estruendo de campanas y tres voces a pleno pulmón y a la vez, Gema empezó en el centro del escenario luciendo brazos y estampas de bailaora clásica. Luego siguió por los territorios que mejor domina, la bulería por soleá, la bulería, los tangos. Sacó después bata de cola y mantón por cantiñas y demostró que además de pies sabe moverlos con soltura. Y cerró el concierto recordando ausencias, Manuel y Juan Moneo, y vestida de negro, por seguiriya —la voz de El Torta primero y las dos sillas vacías con las chaquetas colgadas en los respaldos fueron testimonios e imágenes bien elocuentes—.

Estuvo muy bien arropada por la percusión de Ané Carrasco, las guitarras de Juan Campallo y Jesús Agarrado “El Guardia” —¡cómo se le veía disfrutar por fiesta!— y las voces de Pepe de Pura, Jesús Corbacho, Miguel “El Lavi” y Luis Moneo, que venía de artista invitado.

Otra joven bailaora que tiene ya una envidiable proyección en el panorama flamenco actual en un ciclo en el que este año impera la juventud.

                                                                                                                                José Luis Navarro

Del Jueves a Nueva Orleans


Se apagan las luces y Rocío Márquez, con solo la iluminación precisa, recita-canta a lo Pepe Marchena sentimientos, inquietudes y temores sociales, “¿Cómo se puede pensar en soñar si hace tiempo que los sueños dejaron de ser ya nuestros?, ¿Cómo se puede pensar…?, ¿cómo se puede pensar…? Preguntas que terminan con un quejío musical que pone los vellos de punta.


Sobre el escenario del Maestranza, convertido en el mercadillo del Jueves de la calle Feria, Rocío sigue recordando discos y cassettes de los que allí se venden y se compran cada semana. Se queja, como hacía El Turronero, de atropellos y tropelías, “Sentrañas mías, cómo me duelen el alma las cosas de Andalucía”. Hace la mariana de José Menese,  “Trigo amargo” de Vallejo y “Luz de luna” de El Cabrero. Le acompañan la guitarra de Canito, autor de los arreglos, y la batería de Agustín Diassera.
Cruza los mares, camino de las Américas, mientras Leonor Leal baila el Vito y el Anda jaleo lorquiano con el piano de Daniel B. Marente, los saxos de Juan Manuel Jiménez y la percusión de Antonio Moreno. Llegada a la metafórica Nueva Orleans y metida de lleno en territorio del jazz, Rocío canta la minera y los fandangos de Huelva que hacía en Firmamento y “Vivo sin vivir en mí” de Teresa de Ávila. Es la misma queja dolorida del primer blues. Cierra este viaje con sones asturianos y vuelve a escena Leonor Leal para cerrar el recuerdo a Asturias con una farruca. Otro derroche de elegancia e imaginación.
Para cerrar este fastuoso recital, Rocío regresa al flamenco clásico, al que la enamoró de jovencita. Lo hace, acompañada de la guitarra de Manuel Herrera y las palmas de Los Mellis,  con petenera, guajira, caracoles y seguiriyas.
Rocío hizo gala de una voz poderosa y privilegiada, capaz de subir a los cielos en los agudos y bajar a ras de tierra en los graves. Un recital fastuoso y un sueño cumplido. Ese sueño que tenía cuando paseaba quinceañera frente al Teatro de la Maestranza de poder un día subirse a sus tablas para cantar flamenco. Y ahora, una vez que ya se ha asomado al mundo del Jazz, seguro que la esperan impacientes en Vitoria-Gasteiz y Montreux.
                                                                                                                       José Luis Navarro

Flamenco y Circo


La esencia del flamenco es la expresión de sentimientos. De ahí el uso de términos como “hondura” y “jondo”. Esos sentimientos se transmiten musicalmente, porque el Flamenco también es música. Pero ¿qué ocurre si desaparece la música y los sentimientos? La respuesta parece obvia: que lo que se hace así ya no es flamenco. Viene todo esto a cuento de la exhibición de pies que hizo anoche en el Teatro Central Belén López (Tarragona, 1986). La bailaora catalana demostró una envidiable maestría en el zapateado. Había fuerza y, sobre todo, había velocidad. Donde se dan tres golpes por segundo ella dio cuatro o cinco. Era “el más difícil todavía”. Sin embargo, aquello a mí no me pareció Flamenco, más bien pura exhibición circense. 




El recital, titulado “Universo Pastora”, como su último disco (Universal Music, 2018), tenía dos protagonistas principales: Israel Fernández (Corral de Almoguer, Toledo, 1992) y Diego del Morao (Jerez, 1978). Israel, con lejanos ecos camaroneros,  se acordó de Pastora Pavón "Niña de los Peines", de Tomás, de Pepe Pinto y de Gabriel Moreno, recientemente fallecido, a quien dedicó sus tarantas. Hizo soléa, tarantas, tientos-tangos, bulería por soleá para Belén López, seguiriya, bulerías —personalmente lo que más me gustó—, y un fandango y apuntó muy buenos detalles. 




A Diego del Morao (Jerez, 1978) debió dejársele algún solo en la programación. Tal vez así habría podido lucir todo su talento y su arte sin necesidad de recurrir a continuas digresiones en el cante de Israel.

                                                                                                                                 José Luis Navarro

Rafael Campallo estrena "Sin renuncia"


Rafael Campallo (Sevilla, 1974) estrena en el teatro Cajasol su último trabajo: Sin renuncia, un recital sin más argumento que el cante y el baile flamencos. Vuelve con su baile de siempre. Un baile con sello propio. Un baile sevillano. Un baile que funde clasicismo y modernidad. Hacía tiempo que no se veía por estos lares marcar como él lo hace, con esa precisión y esa elegancia.
 
Fotografía: Remedios Malvárez

Hizo martinete, farruca, taranto y soleá y, salvo en el martinete inicial, no solo bailó con un ajuste exquisito al compás, sino que ilustró la línea melódica de los cantes. Hizo el movimiento que en cada caso mejor convenía a cada tercio y los hizo con sabiduría, gracia y desparpajo, sobresaliendo especialmente en los bailes festeros, en los remates por tangos del taranto y en la bulerías que cerraban la soleá.

Fotografía: Remedios Malvárez

Un recital que Campallo remató con un lance torero.


Fotografía: Jaime Martínez


Le acompañaron, luciéndose en sus solos, las guitarras de Juan Campallo y David Vargas , el cante de Miguel Soto “Londro” y Jesús Corbacho y la percusión de José Carrasco.

Un feliz reencuentro con el público de Sevilla.

                                                                                                                             José Luis Navarro